Retomemos de nuevo los elementos de economía moral para entender la configuración de las representaciones de las víctimas, los soldados y los saqueadores. Dos figuras contradictorias aparecían con mucha fuerza en el discurso mediático de la Tragedia. Las víctimas eran «buenas» o «malas», según lo que hacían, padecían o decían. Las víctimas «buenas» eran aquellas personas que habían sido afectadas directamente por la catástrofe, que tenían heridas o estaban traumatizadas. Eran todas aquellas personas que habían sufrido el desastre en carne propia y que merecían toda la solidaridad y la compasión de los otros. Eran los protagonistas de los noticieros y de la prensa durante los primeros días, junto con los socorristas, los soldados, los voluntarios, etcétera.

La configuración opuesta eran las víctimas «malas». Malos eran aquellos que se aprovechaban el dolor y del sufrimiento de los demás: los saqueadores, los malagradecidos e indolentes que, aunque estaban en la misma situación que los otros, no merecían compasión sino la condena moral. Las escenas de saqueo desencadenaron la aparición de estas dos figuras contradictorias y a la vez complementarias. Al principio el saqueo era reseñado como «justo y comprensible», dadas las circunstancias. Pero con el paso del tiempo, y con la masificación y radicalización de la anomia, el pillaje abrió el espacio para que la propia sociedad le solicitara al Estado que «limpiara», que aniquilara a aquellos que se aprovecharan del dolor ajeno. El pillaje se volvió perverso y depredador ya que su fin no era la supervivencia sino sacarle provecho a la desgracia ajena. Acto seguido, los medios se hicieron eco de una demanda unísona y compartida de aplicar medidas de fuerza radicales para reprimir el pillaje. Son las «víctimas que se pervirtieron» y que se aprovechan de la «penuria, de la indefensión y de la soledad»<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-21" id="ref-21">21</a></sup>. El saqueo es reportado entonces como vandalismo, como «acciones violentas incluso peores que el deslave mismo».

La eliminación de los protagonistas de ese saqueo –algunos casos de linchamiento fueron reportados por la prensa– se convierte en una acción justa, una respuesta deseada a los que se aprovechan de la miseria. «¡Malandro bueno es malandro muerto!» fue la frase que más escuché cuando invitaba a mis interlocutores a recordar esos episodios. La fórmula refleja la tensión de la contradicción moral que vivía la sociedad venezolana y de la cual quizás no ha salido aún: la banalización de la eliminación de los «presuntos saqueadores» se daba al mismo tiempo que se aprobaba la nueva Carta Magna, Constitución que supuestamente garantizaría el ansiado «respeto de los derechos humanos» por parte de los cuerpos de seguridad del Estado.

Las fronteras que separan lo que he llamado el «saqueo de supervivencia» y el «saqueo por vandalismo» generan entonces tensiones que se tradujeron en el cuerpo político, jurídico y social, y que permanecen vigentes. Veamos tres figuras que condensan estas tensiones: el «saqueador salvaje», el «soldado saqueador» y el «Estado criminal».

Los discursos que componen la figura del «saqueador salvaje» se elaboran desde una tríada en la que hay un «yo víctima», un «otro criminal» y un «Estado incompetente». Mientras más grande es la rabia hacia el saqueo, mayor es el sentimiento de que el Estado es incompetente en sus funciones.

Durante la Tragedia, el sentimiento de inseguridad crecía e invadía a los sobrevivientes que buscaban refugio. Los sobrevivientes heridos, cansados y trastornados por la pérdida de familiares y bienes se habrían convertido en «presa fácil» de los aprovechadores, quienes encarnaron la maldad y la inhumanidad. Un miembro de un grupo de rescate describía así la deshumanización del saqueador: Esa noche, el diablo entró en el cuerpo de los delincuentes que, en lugar de dar gracias a Dios por haber quedado vivos, le quitaban la vida a los venezolanos inocentes. (Martín Cuervo, 2000).

Los que abusaban y se aprovechaban de los desamparados «habían perdido el alma cristiana». Los rumores que circularon esos últimos días y noches de diciembre de 1999 eran espeluznantes. Las historias que más escuché eran aquellas que relataban supuestas violaciones a niñas que intentaban salvar a sus padres o de «violaciones masivas de mujeres que esperaban ayuda». Sin embargo, nunca pude corroborar esos rumores con testigos de tales escenas ni con víctimas. En todo caso, lo que si fue una reacción generalizada era la indignación de los entrevistados al interrogarlos sobre su opinión de «las violaciones de los derechos humanos» que cometieron los soldados al reprimir el saqueo y el vandalismo. Cuando realicé esta parte de la investigación, las denuncias de los abusos de los soldados del Ejército y de la Disip cobraban cada vez más fuerza en la opinión pública y se desataba una crisis política que será analizada posteriormente. Los entrevistados me decían indignados: «No puede ser que las ONG que trabajan por los derechos humanos defienden más a los malandros que a las víctimas». Con esta afirmación se cerraba toda posibilidad de volver sobre los hechos. Los saqueadores encarnaron la figura de lo intolerable, de lo extremo. Y esa fue la llave que abrió la puerta a la violencia represiva del Estado, sin freno alguno. La ciudadanía pedía la represión e incluso la excepción, y el gobierno venezolano respondió de manera ambigua, vía una violencia selectiva que combinaba la masacre con la hipocresía. Fue por ello que la desmesura de represión del saqueo nunca se convirtió en un verdadero problema para la sociedad, sino que quedo reducido a un impasse menor en las esferas de poder del recién instalado gobierno revolucionario, como lo mostraré más adelante.

Pero así como el «diablo» hizo su aparición durante los momentos extremos, otros afectados por La Tragedia experimentaron la confirmación de su fe cristiana. «Dios existe», escribía Yelitza Linares (2000), periodista de El Nacional, cuando narraba que estando refugiada en el techo del edificio sacudido por el río crecido, se unió con sus vecinos para rezar en voz alta e implorar en lágrimas la ayuda divina, hasta que las aguas bajaron para hacer posible el salvamento. La significación de lo que ella percibe como un milagro no es sólo una verdad individual sino que se volverá una verdad nacional y consensual: «de esa no salimos sino fortalecidos», decían algunos entrevistados. El momento de gracia será ciertamente corto y será incluso paradójico que esa circunstancia de unidad nacional, relativamente fugaz, sea a su vez el punto de partida de las divisiones futuras que afectarán a la sociedad venezolana tan profundamente en los diez años siguientes a 1999. Divisiones que, como lo sabemos hoy, tomaron la forma de ruptura, resquebrajamientos y grietas tan hondas que han dejado al país al borde de una guerra civil, sacando permanentemente a flote la amenaza de un nuevo estado de excepción –y más que la amenaza, la posibilidad de hacer del estado de excepción una forma de gobierno de los desordenes sociales y políticos con la excusa de la conspiración y la teoría del complot– como lo contemplaba el proyecto de modificación de la Constitución, rechazado en los comicios referendarios de diciembre de 2006, para hacer frente esta vez a otro tipo de amenaza vislumbrada tan frecuentemente por el poder ejecutivo: el «enemigo» interno.

Pero, ¿qué es el mal en una situación extrema como la Tragedia? Mis visitas al Hospital San José de Maiquetía pueden brindar elementos para explorar la cuestión. Dicho hospital es un establecimiento privado de salud, sin fines de lucro, que ofrece muchos servicios a precios más accesibles que los de las clínicas privadas: emergencia, terapia intensiva, laboratorio y consultas en casi todas las especialidades. Tiene un patio central arbolado en el que se encuentra una capilla que alberga el sepulcro del Padre Machado, en el que se congregan muchos fieles y religiosas a rezar. Luego de las primeras crecidas, las religiosas albergaron a las familias de los barrios vecinos. Durante setenta y dos horas se vivieron situaciones dramáticas y angustiosas a medida que crecían los rumores de un saqueo inminente del hospital.

Los testimonios de las religiosas son un documento muy valioso para reconstruir la crisis. El relato de Coromoto Sánchez<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-22" id="ref-22">22</a></sup>, por ejemplo, ofrece una estructuración personal basada en el deterioro moral del hospital; la narración va mostrando cómo progresivamente surge la desconfianza, el miedo y el tener que distinguir entre buenos y malos, determinar quiénes necesitan ayuda y quiénes no: El mismo 15 por la noche comenzó a llegar la gente de los alrededores, y lo que yo escribí (hace referencia a su artículo publicado en la revista SIC ) dejó fuera muchas situaciones dolorosas. Desde ese momento el hospital fue de la gente, desde que se desbordó el río Piedra azul, que es el que tenemos cerca. Después del deslave, ese río ya no fue más noticia, fue poco lo que salió, y fue ese el que ocasiono desastres en Maiquetía. Tuvimos gente de Maiquetía, Macuto y también de esta parte de Catia La Mar, y todos los barrios que están aquí cerca. Tuve en el hospital 1.400 damnificados y a medida que pasaba el tiempo la situación era cada vez más difícil porque la incomunicación era total, no sabíamos qué estaba pasando de forma global, sólo sabíamos lo que la gente nos decía. Aquí la gente llegaba descalza con los pies quemados, que venían caminando, que lograba salir caminando de Los Corales y Caribe y nos decían «aquello por allá se acabó, todo está destruido», pero no sabíamos bien qué era lo que estaba pasando, y las horas pasaban y para nosotras eran eternas, con esa cantidad de gente acá.

Yluego vino esa conducta que los sociólogos explicarán, esa situación de caos, de saqueo, de violencia, eso fue terrible, esa situación fue dolorosa, saquearon los comercios, vimos como saquearon los supermercados aquí al frente, como destruían las pocas oficinas que quedaron bien en el centro comercial. Bueno, una situación en que uno se pregunta «Dios mío, ¿qué es esto?». Las únicas clínicas que no fueron arrasadas fueron saqueadas fueron el Seguro Social y nosotros. (Entrevista a la Herma na Coromoto Sánchez. Hospital San José de Maiquetía, julio 2004).

Para las religiosas, el demonio se personificó en aquellos que abusaron del dolor del otro y que se aprovechaban de la compasión. Durante la primera noche en que alojaron a los damnificados, prevalecía entre las religiosas la idea de que la catástrofe afectaba indistintamente a todos, es decir, un sentimiento de comunión por la desgracia que debería despertar la solidaridad. Sin embargo, ese sentimiento se fue desvaneciendo y empezaron a desconfiar porque «se habían metido malandros» en el hospital. Las religiosas pidieron protección a la Guardia Nacional pero el comando de Maiquetía se encontraba en una situación incluso peor que la del hospital: Yo fui personalmente a pedir protección policial bajo la lluvia y el comando (de la Guardia Nacional) era un infierno. Cuando me muera, si voy al infierno, les podré decir que ya yo lo vi antes. Allí había de todo, niños solos buscando a sus papás, gente desnuda, llorando, papás buscando a los niños. Y ya había unidades de la Guardia Nacional trasladando a las personas al Poliedro. (Entrevista a la Hermana Coromoto Sánchez. Hospital San José de Maiquetía, julio 2004).

Durante la noche se escuchaban los tiroteos entre los soldados que llegaron a la zona el 17 de diciembre y las bandas armadas que operaban en los barrios de Maiquetía. Escuchar las ráfagas hacía que la ansiedad creciera. Además, los recursos para atender a las víctimas se hacían insuficientes, todo empezaba a escasear y las hermanas debían racionar. Finalmente, los militares tomaron al hospital y los efectivos de un batallón de «inteligencia» se instalaron a partir del 18 de diciembre. La hermana Coromoto me decía que si no hubiera sido así, el hospital hubiera sido saqueado. La llegada de los militares cerró el fugaz momento de unión por la desgracia y ayuda incondicional. Este fin de la confianza en el otro, la conclusión de que no había otra salida sino la presencia de la autoridad armada, siempre es evocado con mucha tristeza en los testimonios. La vuelta a la normalidad estuvo signada por las labores de atención a los enfermos y heridos, una vez que el hospital retomó sus funciones de centro de salud<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-23" id="ref-23">23</a></sup>.

Salgamos ahora del universo cerrado del hospital colapsado para abordar otra configuración moral. En efecto, en las antípodas de la reafirmación de la fe cristiana que se da cuando el prójimo sufre, aparece la figura del «soldado saqueador».

Pienso que esta configuración puede ser calificada de original de la Tragedia venezolana. La figura remite al hecho de que ciertos agentes de las fuerzas del orden, según estas versiones de la crisis, se aprovechaban de la situación de abandono de los bienes materiales: carros, electrodomésticos, etcétera, para robárselos. Más allá del problema de tener pruebas o no al realizar una acusación como ésta, lo que si llama la atención es que los allanamientos en las casas de los presuntos saqueadores, es decir, de quienes eran denunciados por los rumores que corrían, se realizaban después del toque de queda. Lo que puede indicar que el interés de allanamiento no era detener a los presuntos malhechores sino apoderarse de los botines. Según ese rumor, es por eso que los allanamientos se realizaban de noche. Para los que me contaban estas escenas, los soldados eran tan criminales como los saqueadores, o mejor dicho, eran los mismos, y los damnificados eran las víctimas de ambos. En los testimonios de los socorristas voluntarios pude encontrar imágenes y metáforas variadas que describían una atmosfera de «podredumbre moral generalizada», en donde nadie creía en los poderosos, en donde cualquier posición medianamente privilegiada en el seno de las jerarquías de los grupos que detienen el poder podía servir para abusar del otro, encarnado en este caso en la figura de la «buena víctima».

«Todos saqueaban, Paula. Todos, todos, todos.

Malandros, Disip, soldados. Esa vaina era un despelote», me decía un testigo que no podía recurrir sino a la escatología para narrar el estado de anomia que le tocó presenciar durante tres días y tres noches: Una madrugada, después del toque de queda, escuchamos unos golpes durísimos, como «mandarriazos», que venían de una casa que estaba sola. Cuando entramos, nos encontramos con dos soldados y un mayor que querían abrir una caja fuerte. Eran paracaidistas y yo les tomé fotos. No nos dijeron nada ni pudieron abrir la caja. La Disip llegó enseguida, se fueron juntos. Luego mandaron a evacuar la zona.

La prensa también reseñó el caso de hombres disfrazados de soldados que saqueaban los contenedores del puerto de La Guaira. El 22 de diciembre, una semana después del deslave, más de sesenta falsos bomberos, policías y soldados fueron detenidos. Los rumores mencionaban a ambulancias conducidas por supuestos bomberos que iban cargadas de botellas de whisky. Las cajas de alcohol iban escondidas en «cajas de pañales para los damnificados». Un testigo me contaba que la Disip, junto con los comandos de paracaidistas del Ejército, había: montado una operación para robarse los carros de las personas que habían sido evacuadas por helicóptero. Los edificios estaban solos, algunos inundados, y la gente había dejado, por supuesto, los carros en los estacionamientos. Ellos fueron los primeros en pillar los apartamentos. Y la mayoría de los problemas que aparecieron fueron ocasionados por los propios militares que tomaban las casas de una manera completamente arbitraria.

El informante me aseguraba que cuando fue a buscar su propio carro, encontró que lo habían remolcado y lo habían escondido en un galpón junto con otros carros, y que el galpón estaba custodiado por agentes de ese cuerpo policial. Pudiera pensarse que era para «proteger» los carros, pero en todo caso mi informante estaba convencido de que los carros estaban allí para robárselos.

Estos discursos dan cuenta de un clima de desconfianza hacia las fuerza del orden y hacia la misma gente que dio lugar a un sentimiento nacional paradójico que, por un lado, enaltecía la «grandeza del pueblo solidario que estuvo a la altura de los acontecimientos» y, por otro, se decía «desilusionado por todo lo que estaba pasando».

El editorial de El Nacional del 11 de enero de 2000 expresa muy bien ese conflicto entre la lealtad y la condena hacia las Fuerzas Armadas, plasmado en el sugestivo título que evoca a la fe cristiana: «Cruz y calvario». Los editores del diario plasmaron así el dilema que prevalecería en la opinión pública con respecto al desempeño de los efectivos militares: ¿cómo reconocer el heroísmo de los soldados y al mismo tiempo exigir justicia por los abusos cometidos? El país se enfrentó de nuevo con ese dilema, al igual que durante los sucesos del 27 de febrero de 1989, a la duda sobre la integridad moral de la institución moral, a la constatación de la devaluación de la cualidad moral del soldado, justo en un momento de refundación nacional en que el Estado avanzaba hacia un modelo «cívico-militar».

Retomando el análisis del ejercicio mismo de la violencia, vemos claramente que en esos días operó una «política de violencia colectiva», como diría Charles Tilly (2003), por la vía de una suspensión oportunista de las mediaciones institucionales. Charles Tilly distingue «la violencia ritual, las peleas y los ataques dispersos» del «oportunismo,