Una mañana del mes de septiembre de 2003 llegué al refugio de Caricuao y me encontré con que Carmen, una mujer de 24 años, madre de tres niños pequeños, estaba a punto de ser expulsada de la habitación donde vivía desde hacía tres años y que se quedaría en la calle. Sus hijos habían pasado la noche solos en la habitación, la puerta había sido cerrada con un candado por el lado de afuera. Alrededor de las 7 de la mañana, los niños se pusieron a jugar con un encendedor y provocaron un pequeño incendio sin consecuencias trágicas. Cuando los vecinos sintieron el humo, rompieron el candado que cerraba la puerta y lograron sacar a los niños del cuarto. Carmen llegó como a las 11 de la mañana y encontró en el pasillo del refugio una pila con los restos de sus cosas, sabanas y ropa, quemadas y mojadas. Los niños la esperaban, asustados en un rincón. El señor Rodríguez, director de una asociación que el FUS contrató para ocuparse del refugio, también esperaba a Carmen; ya había elaborado una carta dirigida a la «Dirección de refugios del FUS» para notificar su decisión de expulsarla del albergue. Asustada ante la idea de encontrase en la calle con sus hijos, Carmen me contó su versión de por qué había dejado solos a los niños.
Tenía que inscribir a los dos mayores en la escuela y para ello tuvo que sacar copia certificada de la partida de nacimiento porque las fotocopias no las aceptan en el establecimiento. Para obtener la copia de la partida en el registro principal de Caracas hay que hacer la cola desde las 4 de la mañana para conseguir un número, y eso si tenía suerte. Carmen decidió dejar a los niños solos en el refugio en la noche e irse a dormir a casa de una pariente que vive en una habitación alquilada en El Silencio, el centro de la ciudad, y poder estar haciendo la fila de madrugada. Así Carmen justificaba el hecho de haber dejado a los niños solos encerrados en el cuarto.
Sin embargo, el señor Rodríguez no le creía.
Según él, Carmen mentía sobre las razones de su desplazamiento al centro de la ciudad. Ella no había ido a «buscar ningunos papeles» sino que había salido a divertirse o a trabajar como prostituta: «Carmen es una madre irresponsable. Siempre deja a los niños solos en el cuarto para irse a pajarear a la calle». La carta que pedía la expulsión del refugio de Carmen y su familia estaba lista, puesta sobre el escritorio metálico gris que amoblaba la pequeña oficina de Rodríguez. Su asistente, Wilmer, ya la había pasado en limpio en la máquina de escribir eléctrica, único instrumento de trabajo del que disponían aparte de un archivo en donde se guardaban los expedientes de solicitud de viviendas. El señor Rodríguez estaba dispuesto a enviarla de inmediato al Fondo Único Social, en la avenida Andrés Bello. Mientras que Carmen intentaba arreglar su cuarto, me reuní con Rodríguez, su asistente y una trabajadora social del FUS que venía algunas mañanas al refugio. Les dije que me parecía que era mejor no expulsarla porque los niños se iban a encontrar en la calle y que aunque quizás Carmen fue una irresponsable al dejarlos solos, también es cierto que sacar una partida de nacimiento en Caracas es extremadamente difícil.
Mi posición explícita a favor de Carmen colocó al señor Rodríguez en una posición embarazosa y terminó cediendo. Conversábamos frecuentemente en su oficina y teníamos una relación cordial. Al final, la carta no fue enviada. Sin embargo, Carmen continuaba viviendo bajo la presión del señor Rodríguez que la amenazaba con quitarle a los niños «aplicándole la Lopna (Ley Orgánica de Protección al Niño y al Adolescente)<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-83" id="ref-83">83</a></sup> por comportamiento irresponsable de la madre».Esta escena, tan banal como cotidiana pero a la vez dramática y extrema, abre el análisis de lo que llamaré el doble mecanismo de individualización de la desgracia.
Por una parte, el incendio de la habitación es un acontecimiento que escapa a la rutina de la vida diaria pero que sólo afecta a Carmen. Es un drama individual sin reconocimiento social, un acontecimiento de su propia historia, que abre una brecha en su historia personal y familiar. Por esa carta, su vida pasa a estar en los márgenes, en vilo. Por otra parte, Carmen dispone de un alojamiento en el refugio de damnificados porque inicialmente fue víctima de un acontecimiento colectivo extraordinario, la Tragedia, que marcó a todo el grupo que vive en ese espacio. La posibilidad de ser echada a la calle con sus hijos es la cúspide del proceso de transformación de la tragedia colectiva en desgracia individual.
Para el señor Rodríguez, el incendio de la habitación de Carmen era el «colmo de la inmoralidad», es decir, el umbral que separa lo aceptable de lo inaceptable en la vida del refugio, y así lo expresaba la carta. Las lógicas sociales y morales de la asistencia a los damnificados se entretejen en la serie de argumentos esgrimidos por Rodríguez, por su asistente, así como también por los otros habitantes del refugio, cuando demandaban y justificaban la posible expulsión de Carmen del lugar en donde vivía desde hacía dos años. Pero paradójicamente, es esa carta la que le devolvió visibilidad a Carmen a los ojos del Estado, esta vez con la intención de relegarla y excluirla de la vía que debería algún día conducir a la dignificación.
Quiero aclarar que mi postura no es la de abogar por la honestidad, la inocencia o la sensatez de Carmen y de las madres del refugio. Dejar a los niños encerrados con un candado por el lado de afuera era una práctica corriente de las madres del refugio. Una mañana llegué a la habitación de Yajaira, otra de mis informantes, y escuché a sus niños que jugaban al otro lado del tabique. Les grité un saludo y enseguida me respondieron pidiéndome que los ayudara a salir: «¡Agárranos cuando pasemos al otro lado de la pared!». Les dije que mejor esperáramos a su mamá, pero las horas pasaban y ésta no llegaba. Finalmente los ayudé a salir, y luego al final de la tarde a volver a entrar. Y todo ocurrió delante de los responsables del refugio. Al día siguiente le conté a Yajaira lo ocurrido y sonrió tranquilamente diciéndome que siempre lo hacía.
Su indiferencia parecía indicar que estaba confiada de que no pasaría nada grave y que, además, no habría represalias contra ella por parte de los funcionarios del FUS por el hecho de dejar a los niños solos, lo que subrayaba el carácter arbitrario de la amenaza en contra de Carmen<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-84" id="ref-84">84</a></sup>.
La violencia aparece de manera transversal en esta escena y se expresa en varios niveles. Si definimos la violencia como «un acto de intrusión que tiene por efecto voluntario desposeer al prójimo» (Héritier, 2005: 17) lo que me motiva a contar lo ocurrido esa mañana en el refugio, una escena más entre las reseñadas en el cuaderno del terreno, es que fue esa la primera vez en que se mostró un instrumento institucional formal –la carta– destinado a amenazar con la expulsión. Se trata de una violencia institucional ejercida a través de la amenaza.
Recurrir a este tipo de coerción se explica en gran parte por la «carrera moral» de las mujeres del refugio en el sentido propuesto por Erving Goffman (1968) cuando estudia las trayectorias de los sujetos que se desvían de un recorrido preestablecido