La ocupación de las afueras de la casa Guipuzcoana –casona colonial de elevado valor patrimonial en donde funcionaba la compañía aduanera a finales del siglo XVIII y hoy en día sede la gobernación del estado Vargas en La Guaira– fue uno de los retornos de damnificados más comentados y cubiertos por los medios. La mayoría de las familias que ocuparon durante varios meses la terraza de la casa habían sido «reubicadas» en las afueras de la ciudad de Guanare, estado Portuguesa, a aproximadamente 600 kilómetros al suroeste de Caracas.

La ocupación de la Guipuzcoana constituyó una movilización colectiva que le otorgó visibilidad a los damnificados cuyo realojamiento había fracasado. Es un momento fuerte de reivindicación y de reclamo de los damnificados de las viviendas prometidas, esta vez exigiendo que estén ubicadas en Caracas o en sus adyacencias. Sin embargo, fueron desalojados de la terraza de la Guipuzcoana no para recibir sus nuevas casas sino para ser transferidos a la base de la Policía Naval de Maiquetía a finales de 2002.

Las ciencias sociales aplicadas a las catástrofes muestran que la resistencia a abandonar el lugar de origen y a aceptar una nueva vivienda en el interior no es una actitud exclusiva de los damnificados venezolanos desplazados. El antropólogo Anthony Oliver-Smith (1991) da cuenta de situaciones similares que observó durante la reubicación de la devastada Yungay en el Perú, después del brutal terremoto de mayo de 1970. El realojamiento pone a la gente en la necesidad de «escoger» entre los riesgos ecológicos presentes en las zonas devastadas y los riesgos sociales que les esperan a donde los van a mandar (desempleo, ausencia de servicios públicos, etcétera). El hallazgo del trabajo de Oliver-Smith se corrobora con lo vivido en Venezuela después de la Tragedia. A raíz del realojamiento de las familias en el interior y de las duras condiciones sociales y económicas que encontraron en los nuevos asentamientos, la gente decía preferir vivir en una zona inestable, es decir, los «riesgos ecológicos» de las laderas inestables de las zonas urbanas del área metropolitana que vivir en un lugar afectado por la ausencia de fuentes de trabajo, carencia de transporte público, escuelas y hospitales. Las razones de tal preferencia tienen que ver con la percepción misma del riesgo. Los riesgos sociales son situaciones que no constituyen necesariamente un acontecimiento, no son un evento aislado sino una realidad crónica. Digamos que esa es la paradoja subyacente a los realojamientos masivos de población, que se «prefiere» a los riesgos naturales porque son percibidos como esporádicos y aleatorios, es decir, que pueden manifestarse o no según la naturaleza, mientras que los riesgos sociales –desempleo, problemas de salud vinculados con los problemas de transporte, aislamiento– son estructurales, tangibles y cotidianos. Así, el éxito o el fracaso de un programa de realojamiento de desplazados en zonas lejanas a los lugares de origen, en particular cuando éstos últimos son ciudades, dependen ciertamente del arraigo al territorio de origen, pero sobre todo de las condiciones socioeconómicas que esperan en los nuevos sitios a los desplazados.

La experiencia de los damnificados de Llano Adentro que no pudieron quedarse en Guanare, estado Portuguesa, concilia las dos posibilidades.

Dayana me contaba así su experiencia en la casa que le dieron en una zona rural de las afueras de Guanare: Mira, la mayoría [de las personas que se regresaron] dice que si en Guanare hubiera empleo nos hubiéramos quedado. A mí el ambiente de Guanare me gustó. Pero si hubiera empleo nos quedamos y aquí todo el mundo lo dice. La casa no porque se estaba cayendo, pero el ambiente, me gustó.

Mi esposo trabajó tres noches seguidas, tres noches seguidas, desde las 6 de la tarde a las 6 de la mañana, por tres días le pagaron 5.000 bolívares (Bs.F 5), cuidando ganado, como vigilante. Y también lo llevaron a cortar caña, y eran y que hectáreas y hectáreas y le pagaban 300 bolívares (Bs.F 0,3) la hora por cortar caña. Es que yo no puedo. Ya el guaireño está acostumbrado a trabajar y sacar tanto en un día. Y si vamos a trabajar vamos a sacar aunque sea 8.000 bolívares en un día. Pero, ¿tú sabes lo que es trabajar por tres días de las 6 am a las seis de la tarde y lo que te paguen son 5.000 bolívares? Nosotros llegamos hasta lo último y no pudimos más. Había un muchacho que se puso a hacer pan y no le fue bien.

Me daba tanta cosa que me ponía a llorar. Dios mío, ¿cómo llegamos a esto, nosotros de La Guaira? Porque si tú le pedías al vecino, el vecino también estaba igual que tú, y si le pedías al otro vecino, también estaba igual que tú, es que como quien dice, una familia que ya todo el mundo nos conocíamos, pero es que aquí en La Guaira siempre conozco a alguien que me presta algo, aunque sea un kilo de Harina Pan. ¿A quién le íbamos a pedir ayuda?. (Dayana, refugio en Maiquetía, julio de 2003).

Dayana exponía de manera diáfana las razones de su «escogencia» de preferir vivir en La Guaira que quedarse en las periferias de una ciudad intermedia agrícola, sin ninguna posibilidad de inserción social para su familia. Dos rasgos particulares del retorno de los damnificados de la Tragedia saltan a la vista cuando ella justifica el regreso a su lugar de origen: por un lado, mostrar que se trata de una decisión individual, de resistencia a la política de relocalización y, por otro lado, el significado que para ella tiene su ciudad, La Guaira, en la constitución misma de su identidad. El primer rasgo concierne entonces a la individualización de la decisión de volver a La Guaira: cuando se refiere al intento de adaptación a la nueva vida en Guanare habla en plural, hace referencia a un colectivo, pero cuando habla de la decisión de volver se refiere a ella y a su familia. Volver es asunto de ella, es una apuesta individual. Dayana me contaba cómo había sido la decisión de volver: Mira, es que nosotros hemos rodado como no tienes idea. Hemos pasado las de Caín. Pero claro, no nos volvemos locos tampoco, ¿qué vamos a hacer?, nos desesperamos, nos duele la cabeza, ¿pero qué vamos a hacer?. (Dayana, refugio en Maiquetía, julio de 2003).

El retorno a La Guaira es expuesto como la única salida para finalmente rehacer su vida y es una decisión tomada en la intimidad de la familia. La decisión de Dayana fue tomada en el espacio privado y desafía los preceptos y consignas impuestos por el FUS de quedarse a la espera de que las casas atribuidas que estaban en mal estado fueran reparadas. Es decir, el retorno a la ciudad se trata de una «táctica», en la medida en que es una «acción calculada que se juega en un terreno impuesto y organizado por la ley de una fuerza extranjera, externa», siguiendo la definición propuesta por Michel de Certeau (1990: 60). Volver a la ciudad se trata de una táctica y no de una estrategia porque se trata de una acción realizada con un mínimo margen de maniobra ante la imposición y la coacción de quedarse en un sitio inhóspito. Volver es cambiar una precariedad por otra, cierto, pero la diferencia es que la precariedad urbana es una experiencia conocida, que se vincula con la esperanza, con la historia familiar y generacional. Cuando vivían en Llano Adentro, Dayana y su familia se apoyaban en redes que les permitían vivir y mantener sus lazos de parentesco porque sus padres eran sus vecinos, así como también sus suegros, y tener actividades de recreación muy valoradas como ir los fines de semana a Chuspa. Vivir en Llano Adentro les permitía circular fácilmente, gracias a la nutrida red de transporte urbano de la región del litoral central.

El segundo rasgo de la experiencia del retorno es la manifestación sincera de la esperanza históricamente constituida sobre las oportunidades que da la vida en la ciudad. Cuando ella se pregunta cómo fue que «(nosotros) los guaireños» pudimos llegar a esa situación, alude al sinsentido de la renuncia a su ciudad a cambio de un destino tan duro como incierto. No hay compensación equivalente a lo que se está dejando atrás, así esté destruido. La teoría de la escogencia de los riesgos ecológicos de los desplazados de Anthony Oliver-Smith tiene que ser, a mi parecer, complementada con una aproximación que de cuenta de la experiencia misma, que considere la construcción social del sufrimiento vinculada al arraigo de las personas con el espacio geográfico: Dayana prefiere vivir en la precariedad de su ciudad de origen, cerca de parientes y redes sociales, que ser pobre lejos. Su narración puede sin embargo parecer paradójica si se tiene en cuenta el contexto material, tangible, en donde cuenta su historia: vivían en condiciones extremadamente precarias en Maiquetía en un refugio en zona militar, lejos de su marido que estaba en un cuarto en La Guaira, sola con sus dos hijos más pequeños y con los grandes viviendo en casa de su mamá, en una zona de riesgo geológico del barrio Llano Adentro.

Dayana estaba esparando que le dieran la llave de un apartamento en Santa Teresa. La idea de vivir allí la entusiasmaba porque tenía parte de su familia en los Valles del Tuy. La espera era tortuosa porque iban llamando a las familias de cuatro en cuatro. Dayana describe así la ansiedad que le generaba el llamado para la «entrega de llaves»: La semana pasada, cuando llamaron a mi vecina y a mí no, me enfermé, bajé cuatro kilos, de la desesperación me dio fiebre. 25 días duraron para dar la llave. Y nos tienen en eso. No nos llamaban, supuestamente nos iban a entregar la llave hoy. Pero la entrega de llaves se tuvo que parar porque cuando fuimos a revisar los apartamentos (en Santa Teresa), faltaban detalles. La mayoría ya estaban terminados pero con los sucesos de abril (de 2002), los saquearon y los rompieron. Ahora ellos están eso otra vez, y dicen que es mejor colocarlo con la gente adentro, que ellos saben que lo van a cuidar.

Los detalles que faltan son el cableado, las pocetas y los lavamanos. (Dayana, refugio en Maiquetía, julio de 2003).

La diferencia entre quedarse en Guanare y regresar a una zona cercana del área metropolitana está marcada por la percepción subjetiva de su metrópolis como lugar de esperanza. «La Guaira es La Guaira» o «Caracas es Caracas», suelen decir tautológicamente guaireños y caraqueños para indicar ese sentimiento de que, aun en las condiciones más austeras y, en este caso particular, aun cuando objetivamente las condiciones del refugio sean seguramente peores que las de la casa de Guanare.

No hay nada como su ciudad porque, para Dayana es el espacio urbano el que le brinda acceso a la ciudadanía o al menos a la esperanza de tenerlo.

Para los damnificados de La Guaira y Caracas es en estas las ciudades en donde florece el optimismo y la posibilidad de proyectarse en el futuro. Así, Santa Teresa, ubicada en los Valles del Tuy, era percibida como la menos mala de las opciones por su relativa cercanía a la metrópolis, aproximadamente 150 kilómetros.

Las mujeres del refugio de Maiquetía decían siempre que ellas «habían vuelto a La Guaira por sus hijos». Josefa, por ejemplo, originaria de Llano Adentro, tenía ocho hijos, siete de los cuales estaban en edad escolar y en el liceo. A ninguno de sus hijos había logrado conseguirles cupo en la escuela de Guanare. Reconstruyamos rápidamente la trayectoria de la familia, originaria de Llano Adentro. Después del rescate, Josefa y su familia vivieron en «Ciudad Carpita», un refugio transitorio instalado en el Polideportivo de Maiquetía. Josefa y su marido se habían regresado de Guanare a La Guaira con siete hijos y la hija mayor había logrado ser reubicada en los Valles del Tuy, estado Miranda, en las adyacencias del Fuerte Guaicaipuro. Tenían ingresos porque habían abierto una panadería con su marido en la propia casa. Tuve la oportunidad de pasar una tarde conversando con la hija de Josefa, que pasaba a visitar a su mamá por el refugio.

Me decía, al igual que su madre, que «ya no tiene ningún sentido hablar de los seres que perdimos».

Lo que quería más bien era evocar su indignación por el hecho de que no existiera ningún censo de las familias que todavía quedaban en ese refugio.

Si no hay censo, no existimos, y si no saben que estamos aquí, no le dan cupo a mis hermanos en la escuela. Esa es la gran mortificación de mi mamá.

(Hija mayor de Josefa, refugio de Maiquetía, julio de 2003).

El esposo de Josefa estaba internado en el hospital de Pariata a causa de un tumor. Josefa y su hija mayor esperaban el resultado en esos días y discretamente esta última me dijo que se pensaba que era maligno. El marido enfermo complicaba aun más la vida cotidiana de Josefa, porque cada vez le era más difícil organizarse para trabajar ya que tenía que llevar al hospital medicamentos, vituallas y lencería aparte de hacerle seguimiento a los trámites de la casa prometida en el estado Vargas y ocuparse de los hijos.

Las familias que estaban en el refugio de Maiquetía eran originarias de Llano Adentro, barrio popular de La Guaira cuyos habitantes desplazados fueron divididos en grupos que tuvieron destinos diferentes. Barrio popular de La Guaira, consolidado en los años cincuenta del siglo XX, Llano Adentro está poblado por familias que tienen sus ancestros y parientes mayores en Guayabal, el pueblo de la playa de Chuspa<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-78" id="ref-78">78</a></sup>. Llano Adentro fue en parte devastado durante la Tragedia, cuando el deslizamiento masivo de terreno producido por el río que lo atraviesa por el centro destruyó una mitad entera. Por tratarse de un grupo de población con nexos de parentesco y fuertemente unido, sus miembros sabían del destino de uno y otro grupo.

Pude detectar tres grupos de desplazados que fueron a dar a lugares diferentes después de haber permanecido en la llamada Ciudad Carpita.

El primer grupo de familias «tuvo la suerte» (como me decían mis informantes) de ser reubicado en apartamentos ubicados en la zona de Arrecifes, después de Catia La Mar, al este del estado Vargas. El segundo grupo, al que consideraban como menos sortario, recibieron casas en los Valles del Tuy (Santa Teresa, Caujarito y Fuerte Guaicaipuro).

Muchos jefes de familia conservaron sus trabajos en La Guaira y hacían el trayecto de más 100 kilómetros en transporte público, con dos o tres cambios de vehículo, por lo que salían de sus domicilios a las 3:30 de la mañana, para regresar a las 7 de la noche. El tercer grupo, al que pertenecían mis interlocutores en Maiquetía y que consideraban ser el de «menos suerte de todos», fue realojado en Guanare y habían retornado, por lo que todavía en el año 2003 se encontraban sin vivienda. Se hace evidente que existe una «jerarquización social de los espacios», para retomar la expresión de Ulf Hannerz (1980: 92-100) en la percepción de los damnificados de la ubicación de los sitios de las nuevas viviendas. En dicha jerarquización, el área costera del estado Vargas, en particular La Guaira, ocupa el puesto más elevado, y las preferencias van descendiendo en la medida en que se alejan de Caracas. El estudio precursor de Hannerz sobre la ciudad muestra que el funcionamiento de las comunidades urbanas modernas pasa por los principios de redistribución, de accesibilidad y de diversidad. Estar cerca del área metropolitana significa pues tener acceso a las redes que para ellos garantizan la ciudadanía. Lo que está en juego en el desplazamiento es, nada más y nada menos, que la posibilidad de ser ciudadano para los desplazados pasaba por ser citadinos.

Yes aquí quizás en donde se encuentra el origen del malentendido fundamental, retomando el término de Jacques Rancière citado algunas páginas atrás, entre el gobierno bolivariano –sus instituciones, sus funcionarios– y los damnificados, cuando éstos se rehusaban a quedarse en los «nuevos urbanismos»: los funcionarios no entendían que para los damnificados de la Tragedia La Guaira ocupaba el lugar más alto en su jerarquía social del espacio y pretendían imponerles la idea de que vivir en las afueras de ciudades agrícolas era mejor. Como lo veremos en el capítulo siguiente, en todas las entrevistas que realicé a funcionarios del FUS, de Fondur y del Plan Bolívar 2000 se insistía sin reparos en la idea de que irse era lo mejor y que tenían que quedarse costase lo que costase.

Los damnificados tenían que sacrificarse, habían sido los elegidos por el gobierno bolivariano para demostrar que era posible acabar con la marginalidad urbana, reconvertir a los pobres urbanos en campesinos rurales y garantizar así un mejor equilibrio de la repartición de la población del país.

Así, de estas trayectorias accidentadas, más sufridas que vividas, se desprende una distinción importante entre marginalización y relegación espacial.

Dayana y Josefa muestran que están dispuestas a luchar contra una política de marginalización, que dispone de ellas y las confina a un espacio aislado, adjudicándoles un lugar que ellas perciben como de marginación definitiva, de enclaustramiento rural y de olvido. Contra el desplazamiento sentido como puesta al margen de la vida urbana –que para ellas es sinónimo de vida social– Dayana y Josefa deciden regresar así tengan que pagar el precio de una relegación en el refugio, que para ellas es en todo caso percibida como temporal. Desafían así una política de relocalización en una zona rural y aislada que les negaba un rasgo cultural y social fundamental, es decir, para ellos, el hecho de ser citadinos es lo que les garantiza la posibilidad de ser ciudadanos.