Venezuela es un país políticamente fracturado. En ese contexto, la práctica del investigador que trabaja sobre un presente tan crispado está permanentemente sometida al peso de las emociones en la recolección de los datos, la elaboración del análisis y su posterior recepción en la sociedad. Los resultados son constantemente interpretados por el público en función de las adhesiones políticas; el entendimiento del producto de la investigación queda peligrosamente atrapado en la búsqueda de argumentos para mostrar ya sea el éxito, ya sea el fracaso del gobierno, según el bando en que se sitúe el auditorio del expositor. La discusión se reduce –y a la vez se alimenta– de las inclinaciones políticas de los interlocutores. Hacer de la gestión de los damnificados un tema de estudio, obligatoriamente crítico, fue en ocasiones etiquetado de «oposición» porque se suponía que se buscaba veladamente cuestionar los logros sociales del régimen. Sin embargo, el hecho de que los resultados hicieran aparecer los matices de una gestión compleja y que las conclusiones no apuntaran a la demostración del fracaso rotundo del régimen bolivariano, era sentido, velada o explícitamente, como «chavista» por el otro bando de auditores.

Hacer investigación en un campo políticamente minado ofrece, sin embargo, una oportunidad reflexiva que me permitió acudir de nuevo a ciertas nociones clásicas de las ciencias humanas, como por ejemplo el «compromiso y la distancia» (Elias, 1993). La cuestión es cómo ser «científicamente prudentes» en un país donde lo cotidiano nos solicita sin cesar como ciudadanos comprometidos.

Tal pregunta concierne no sólo a la difusión y recepción de los resultados, sino también el proceso mismo de construcción del objeto de estudio. La polarización demanda y exige toma de posición.

El silencio, o una inalcanzable «neutralidad», es una postura tan peligrosa como otras más radicales, a causa de las susceptibilidades que despierta.

Mi apuesta fue por la comprensión de las lógicas subyacentes a las prácticas del gobierno de Hugo Chávez, por el respeto de los sujetos en el terreno y por el abordaje crítico de prácticas autoritarias profundamente enraizadas en una nación marcada por la economía rentista petrolera y el militarismo.

Tal postura siempre estará sometida a la tensión entre objetivación y subjetivación, a la imposibilidad de un total distanciamiento. Dicha tensión fue transversal al trabajo de campo etnográfico, realizado en los grupos de rescate, en los refugios, en los fuertes militares y en las instituciones públicas encargadas de distribuir la ayuda, durante prolongadas sesiones de observación participante entre 2000 y 2005.

Las condiciones en que fueron realizadas las entrevistas fueron siempre movedizas e hipersensibles; cualquier expresión torpe o fuera de lugar podía despertar sospecha y, por lo tanto, el cierre del terreno. Me permito aclarar brevemente mi propia condición. Soy caraqueña, venezolana, es decir, pertenezco a la sociedad que estudio y su cultura no me es ajena. Cuando pensamos en la concepción, digamos clásica, de la antropología como ciencia de alteridad, y de la consiguiente distancia que debe haber entre el terreno y su propia casa, pertenecer a la sociedad que se estudia causa necesariamente problemas. La diferenciación clásica entre «el terreno» del investigador y «su propia casa» está intrínsecamente ligada a una distancia espacial que es el núcleo de la construcción de la alteridad en la disciplina antropológica (Gupta y Ferguson, 1997). Cuando se está «en casa», no se está «en el terreno» y viceversa. Por supuesto: yo no vivo ni en un refugio ni un barrio, pero en todo caso, es innegable que el antropólogo que trabaja at home siempre está expuesto al cuestionamiento sobre su postura política, mientras que aquellos que parten lejos, a otros mundos, a «sociedades exóticas», están dispensados de él. Exponerse a trabajar «en casa», es decir, sobre su propia sociedad y su propio país en tiempo presente, implica poner al descubierto la relación etnográfica a los ojos del mundo académico, político y familiar del antropólogo2.

Es por ello que, cuando presentaba los primeros resultados, algunos auditores me hicieron preguntas que no eran inocentes durante la efervescencia política venezolana de los años 2002 y 2003. Recuerdo una en particular: «¿Por qué estudiar a los damnificados si hay otros que sufren más que ellos y que viven en condiciones más precarias, como los indígenas amazónicos?». Sin saberlo, mi postura desafiaba la búsqueda a toda costa de la particularidad étnica, del rasgo identitario esencial, del pueblo venezolano. Tomé por ello la decisión de evitar la creación de categorías encasilladas, fácilmente manejables, como hubiera sido el caso, por poner un ejemplo, de la «familia damnificada de origen afrovenezolano» a diferencia de la «familia damnificada blanco-criolla». Pienso que tales categorías, lejos de mejorar la comprensión de la experiencia, más bien conducen a una nueva reificación de los sujetos. Mi rechazo a considerar al «damnificado» como parte de un grupo social particular, perteneciente a un universo etnológico por su «condición de víctima», y mi reticencia a apropiarme categorías elaboradas por las instituciones oficiales, inevitablemente «cosificadoras», fue mi manera de comprometerme con la comprensión de las consecuencias de la catástrofe.

La idea de hacer de los damnificados un «otro», como se ha hecho, por ejemplo, con los «marginales» o de tratarlos como una «minoría» portadora de una particularidad, de una identidad colectiva, de una diferencia, me ha parecido siempre peligrosa y reproductora del afán de encontrar la esencia última de la identidad nacional que domina la esfera pública venezolana. Entiendo por «esencialismo» la idea de que una «comunidad», una «raza» e incluso una «clase social», serían portadoras de una esencia pura, independientemente de los contextos sociales, políticos y económicos, y sin tomar en cuenta la historia. Dicho afán es efecto peligroso en estos tiempos bolivarianos, caracterizados por un voluntarismo exacerbado de reconstrucción totalizadora de categorías constitutivas de la identidad nacional (Vásquez, 2006).

PARTE I Emergencia Capítulo 1 La catástrofe y el estado de excepción Analizar una emergencia supone detener el tiempo, congelar una imagen. Bloquear el tiempo permite discernir los elementos que componen las decisiones y la toma de medidas para enfrentar una crisis. Para comprender la envergadura y el carácter de dichas medidas es preciso primero describir al fenómeno natural que ocasionó la Tragedia.

Las lluvias torrenciales de tres días consecutivos, del 11 al 14 de diciembre, fueron tres veces superiores a la media anual. Los deslizamientos masivos de terreno del 15 de diciembre fueron calculados en 15 millones de metros cúbicos. Los movimientos de la masa geológica generaron una erosión intempestiva del suelo rocoso y de la vegetación en muchas áreas de la Cordillera de la Costa, denominada en el área de Caracas y del estado Vargas, El Ávila. Los aluviones corrían violentamente por los flancos de la montaña hacia el mar, del lado norte, donde se ubica el estado Vargas, y hacia el valle de la ciudad de Caracas y de la quebrada de Tacagua en el lado sur. Los expertos subrayaron el carácter fuera de