Fisuras morales en la representación del damnificado ¿Cómo se vivía cotidianamente en los refugios la tensión moral inconciliable que generaba la sospecha entre el «damnificado aprovechador» y «los que sufren de verdad»? Empezaré con una escena recogida en el dispensario del Fuerte Tiuna: Eran alrededor de las nueve de la mañana en el dispensario del batallón Briceño Méndez de Fuerte Tiuna. La doctora, médico generalista y pediatra, y dos enfermeras acababan de llegar y de saludarse. Yo había ocupado mi puesto a un lado del escritorio de la doctora y me disponía a entrevistarla. Había tenido la oportunidad de observar la consulta en días anteriores pero no de conversar con ella con detenimiento. A los pocos minutos llegó una paciente que se puso a contar con premura lo que le había sucedido la noche anterior. Decía que había tenido una subida de tensión, que había tenido un gran dolor de cabeza, vómitos y mareos.
La doctora la escuchaba sin prestarle mayor atención. Finalmente la paciente le pidió a la doctora que le hiciera un permiso de trabajo. Se veía que era una visitante asidua del ambulatorio. Yo había arrimado un poco mi silla para dejar mayor espacio para la consulta. Una de las enfermeras me miraba buscando complicidad y subía las cejas, sin que la paciente se diera cuenta, insinuándome que ésta mentía o exageraba. Finalmente la doctora la miró a los ojos y le dijo «sabes que el último permiso la boral que te di me trajo muchos problemas con el comandante». La mujer se vuelve ligeramente agresiva y su voz adquiere un tono de mortificación: «Le juro doctora que me sentía muy mal». La doctora le respondió: «Claro que te sentías muy mal porque lo que pasa es que tú no te cuidas. Yo te puse un tratamiento y si lo hubieras cumplido, te sentirías mejor y podrías ir a trabajar sin problema». La damnificada la interroga con asombro: «¿Entonces usted se niega a tomarme la tensión? Usted nada más me dio un permiso de trabajo, además, ayer cuando tuve la crisis, usted ya se había ido y tuve que ir al hospital. Yo siempre compro mis medicamentos con mi dinero y ahora usted cree que mi malestar es «pura pantalla». Y siguió, con un tono aún más indignado: «¿Qué se cree?, ¿que porque soy damnificada soy mentirosa?» La doctora se sintió interpelada por la pregunta y le contestó, en tono más conciliador: «Yo nunca he dicho eso. Lo que digo es que si la crisis hubiera sido realmente grave, no te hubieran dejado salir del hospital». Ante lo que la damnificada respondió: «¡Pero si hasta me pusieron una perfusión!».
Doctora: «Bueno es que quizás estabas un poco deshidratada. Mira, tú eres una mujer fuerte e inteligente. Sólo tienes que controlar tu hipertensión y entender que esa enfermedad no se cura. No-se-cura. Y no te puedo dar otro permiso de trabajo».
La damnificada se fue, confundida y desorientada. Empleada por el PB 2000, no le quedaba más remedio que unirse a la cuadrilla de limpieza.
Como la situación había sido embarazosa para todas, la doctora trató de hacerme entender la situación: «Lo que pasa es que ella es muy alzada<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-70" id="ref-70">70</a></sup>.
Para la doctora, la damnificada intentaba escaparse de las faenas del plan de empleo rápido y por eso exageraba sus síntomas. Concederle el permiso laboral significaba poner en juego la disciplina del grupo y perturbar el orden impuesto por los militares en el refugio. La doctora debía rendirles cuentas a los oficiales encargados del refugio, que a su vez ejecutaban el Plan de Empleo Rápido.
Para la damnificada, el hecho de que la credibilidad de su enfermedad fuese cada vez más escasa, era ofensivo; su sinceridad estaba severamente cuestionada. A los ojos de la jerarquía del refugio, todo indicaba que se trataba de una «aprovechadora» y que usaba su hipertensión como recurso para no trabajar y seguir cobrando. Independientemente de la honestidad de la enferma, esta escena revela cómo la condición de damnificado alojado de manera indefinida comenzaba a generar una identidad de honestidad dudosa. «Si siguen aquí, por algo será», me decía una de las enfermeras cuando comentábamos que aun cuando se anunciaba periódicamente planes de distribución de las casas, el refugio seguía lleno. El hecho de que los damnificados esperaran «algo mejor» que lo que se les ofrecía se volvía, cada vez más, motivo de condena general: si realmente eran «buenas» víctimas, es decir, «buenas» personas, tenían que aceptar lo que se les ofrecía sin condiciones. Le beligerancia ciudadana no tenía espacio en el refugio y era identificada con la insubordinación.
Aun cuando la escena expuesta tuvo lugar antes de la disposición presidencial de vaciar completamente los refugios militares para finales del año 2000, la cuestión de la enfermedad y de las dolencias del cuerpo como fuente de legitimidad para recibir un trato privilegiado o para seguir recibiendo una ayuda en particular se comenzaba a perfilar con claridad como la columna vertebral de la lógica que se establecería para tener acceso a la asistencia. Otra escena que tuvo lugar esa misma tarde generó sentimientos diametralmente opuestos a los despertados por la «damnificada hipertensa y aprovechadora» en el equipo del dispensario.
La doctora decidió visitar a algunas personas enfermas del refugio. Fuimos hacia uno de los galpones a ver a un hombre, de aproximadamente cincuenta años, a quien le habían detectado hacia poco tiempo un tumor maligno en la cara, en la mejilla derecha. El hombre sufría enormemente a causa del cáncer terminal que padecía y la familia no tenía mayores recursos. Lo habían llevado al Hospital Oncológico de Caracas, en donde le dieron un diagnóstico sin buen pronóstico: el tumor estaba muy avanzado, era inoperable y le quedaba poco tiempo de vida. A la salida del galpón la doctora me dijo: Él sufre mucho pero está tranquilo y resignado. Ya es poco lo que puede hacer, ni quimioterapia ni nada, es muy tarde. Al comienzo, cuando le dieron la noti cia, estaba desesperado, pero nunca violento. Me las he arreglado para conseguirle morfina. Es un cáncer violento que le ha invadido desde la órbita del ojo hasta la base del cráneo; Pero él siempre se ha mostrado receptivo y resignado. Es un buen paciente.
El hombre enfermo y su familia eran frecuentemente evocados por los oficiales y funcionarios del FUS como los huéspedes ideales, como aquellos a los que realmente «provoca ayudar» porque tienen «todo para quejarse y sin embargo no lo hacen». A diferencia de la damnificada que sufría de hipertensión –enfermedad además silente y sin síntomas–, todos se compadecían del hombre que sufría del tumor maligno y que «esperaba el fin serenamente» sin exigir nada. Sólo un padecimiento de tal magnitud no generaba dudas ni sospechas en los batallones del fuerte.
Estamos aquí ante una configuración institucional en la que el sufrimiento engrandece al que lo padece. Lejos de estigmatizar, el sufrimiento de la prueba extrema, de estar cerca de la muerte, hace que se despierte el sentimiento de la grandeza humana y por lo tanto de la dignidad. En su arqueología de la noción de la dignidad, el filósofo Thomas De Koninck (2005) describe esta figura universal presente en la Antígona de Sófocles. Antígona se rehúsa, incluso poniendo en peligro a su vida, a dejar «sin lágrimas ni sepultura», a expensas de «los perros y los cuervos», el cuerpo de su hermano Polinices, que había sido denunciado por Creonte, su padre, como traidor y por lo tanto no merecía ser sepultado. Pero Polinices tenía derecho según Antígona a una sepultura digna por pertenecer a la comunidad humana «en nombre de las leyes no escritas, inquebrantables, de los dioses» (Sófocles citado por De Koninck, 2005: 18). En el mito universal de Antígona, es en la finitud y en la enfermedad que la dignidad aparece con más fuerza. La constante sorprendente mostrada por De Koninck con respecto a la noción de la dignidad es que la dignidad humana está primero asociada al ser humano desarmado, débil, como lo reconoce el viejo Edipo al decir «que finalmente se volvió un hombre cuando ya no es nada». Pero en la Modernidad, la dignidad adquiere otro estatuto, inherente a la realización plena de la libertad del individuo.
En efecto, el aporte del Renacimiento –Giannozzo Manetti, Marsile Ficin y Giovanni Pico della Mirandola– y posteriormente de la Modernidad –en Immanuel Kant– consiste en mostrar el valor absoluto de la persona humana y establecer que la dignidad suprema del ser humano reside en la libertad. Se podría decir, sin pretender contribuir de manera importante a la filosofía, que constreñir a la dignidad humana al padecimiento es en efecto un procedimiento que se aleja de una concepción moderna del individuo, de la persona humana, y que alude más bien a una forma arcaica de la misma.
Cuando los damnificados en Venezuela conciben el sufrimiento físico como único instrumento de lucha para que sean reconocidos sus reclamos, es decir, como la única manera de obtener un lugar en la vida social y política de la nación, están