Existe un contraste analítico ya clásico en los textos de ciencias políticas que tratan sobre la Venezuela de Chávez entre «la polarización política actual» y «la paz» de las cuatro décadas precedentes. Los analistas llevan a cabo su comparación tomando en cuenta los datos vinculados al voto, el declive de las viejas formas de organización política y la aparición de «nuevos actores» (Ellner y Hellinger, 2003; Lalander, 2004). Sin embargo, con esos elementos en mano no se llega muy lejos en la tarea de entender el nuevo sentido que los venezolanos le otorgan a su relación con el Estado. Porque, ya la cuestión es menos comprender la «crisis», entendida en términos de ciencias políticas, es decir, el fin de los viejos partidos políticos y la aparición de otros en la democracia forma que de captar el sentido de los lenguajes constitutivos de los vínculos simbólicos que tejen la trama de lo social en Venezuela. Si pensamos este proceso como un fenómeno vinculado a la contemporaneidad, el lenguaje político en Venezuela se hizo equivalente al lenguaje de la polarización. Y como bien lo dice Marc Augé (1994: 85), ya sea lenguaje de consenso, ya sea lenguaje de terror, el lenguaje político es un lenguaje de identidad. Y es que, en la Revolución bolivariana, el lenguaje político se volvió a la vez lenguaje de la identidad y lenguaje de la alteridad. Es decir, es en función de la revolución que se define quién es quién.

Por lo tanto, la cuestión de la militancia política, de la adhesión al proyecto revolucionario, era un nudo crítico en los refugios, lo cual hacía que mi observación y mi presencia a largo plazo en estos espacios estuviera permanentemente confrontada con la candente actualidad política, con lo que ocurría en la calle. Imposible ponerse a criticar a aquellos que me habían abierto las puertas del refugio. El hecho de vernos todos los días no me daba derecho a opinar sobre la gestión del refugio, porque éste era un lugar en el que el dar y recibir ayuda estaba estrechamente relacionado con el establecimiento de comandos de campaña pro gobierno, es decir, con la institucionalización abierta de un mercado electoral. Cualquier crítica al funcionamiento del refugio podía pues ser percibida como una crítica al gobierno. Era el momento en que el gobierno del presidente Chávez lanzaba los programas sociales denominados misiones. Los funcionarios del FUS, por ejemplo, me decían abiertamente cuáles eran los defectos y las cualidades de cada familia, en función de cómo se «portaban», de cómo mostraban su agradecimiento cuando recibían la ayuda que les tocaba: Los damnificados estaban a veces tan agradecidos con uno que se ponían de rodillas, llorando, cuando yo les daba las llaves de la casa, equipada con su cocina-comedor, las camas, la nevera. Claro, es verdad que faltaba una lavadora. Y que a veces la cocina tenía defectos. Pero igual la gente lloraba de contenta. Le agradecían al presidente Chávez y al FUS y a todos los venezolanos que los habían ayudado. A mí me gustó mucho que me echaran la bendición tantas veces. Fue una experiencia magnífica, ayudar al prójimo y buscarle una solución a los problemas. Aun cuando muchos estuvieran sufriendo en el interior, aun cuando por allá no hubiera trabajo, pero bueno, poco a poco los esfuerzos del gobierno dan frutos, con las cooperativas, y otros proyectos (…) Cuando veo a toda a esa gente que se regresa del interior me da tanta rabia, tanta lástima, por todo el esfuerzo que ha hecho nuestro gobierno para que se queden allá. La gente vende sus casas nuevas; venden las cositas que el gobierno les dio, los electrodomésticos, y vuelven otra vez a vivir al lado de las quebradas. Yo eso no lo apruebo, porque uno tiene que luchar contra la adversidad. Afortunadamente, nuestro Presidente está apoyando al programa de cooperativas, así esa gente no volverá más a la capital. (Entrevista con Pablo Gutiérrez, oficinas del FUS, Parque Central, abril de 2003).

Pero resulta que la adversidad no estaba solamente en las nuevas viviendas del interior, en donde había que «hacer una nueva vida», sino en los refugios mismos. En julio de 2003, el refugio de la Policía Naval de Maiquetía estaba a punto de cerrar y muchas familias se habían ido a sus nuevas casas. Pero Ana estaba todavía allí, junto con otras tres familias, sin recibir nada aún. La sensación de invisibilidad crecía día a día. «Otro año más sin saber dónde vamos a vivir», me decía. Hacía referencia al año escolar. Conseguir cupo a mitad de año era prácticamente imposible en las escuelas públicas. Además, la Gobernación del estado Vargas había suspendido el servicio de transporte que se les brindaba a los niños del refugio porque oficialmente estaba ya desocupado.

Hablábamos de esa situación un día, sentadas en la acera, delante de un oficial de la policía naval, y Ana hizo una reflexión en un tono grave: Mira Paula, yo estoy segura de que mi presidente Chávez no sabe nada de lo que nosotros vivimos aquí, ni de las condiciones en que estamos viviendo. Nuestra situación es terrible y yo estoy segura que mi Presidente no sabe nada de esto. (Entrevista con Ana, CAPN en Maiquetía, abril de 2003).

Ana quería quejarse de la situación sin criticar al presidente Chávez. Me explicaba entonces por qué seguía en el refugio si había recibido una casa en San Carlos, estado Cojedes, de la que tuvo que salir para conseguir dinero. La casa quedaba tan lejos de todo que sin dinero ni transporte Ana no podía trabajar ni «montar un negocio». Su reflexión es en efecto emblemática, la doble acusación y exoneración de los funcionarios y del presidente, respectivamente. El sentido de este discurso se encuentra en una experiencia emotiva extrema en la que convergen la polarización y la esperanza transmitida por la retórica inicial de la dignificación. El enfrentamiento entre el discurso emocional de los damnificados con los argumentos que se querían «técnicos» de los funcionarios era pues inevitable. El miedo de los damnificados descontentos era que se asociaran sus males con críticas de orden político. El miedo de ser calificado de opositores se había vuelto entonces un instrumento de chantaje en los refugios. La gente tenía que cuidarse de aparecer como reivindicativos y críticos con el régimen.

Imposible entender la aprehensión de ser calificados de opositores sin acotar que los acontecimientos del 11 de abril de 2002 estaban muy frescos en el imaginario colectivo. En julio de 2002, mis entrevistas con la señora Rosa eran sobre todo acerca de su rol de cocinera del refugio de Caricuao y sus avatares cotidianos para asegurar los almuerzos de las cien personas que comían allí todos los días. La señora Rosa me decía que ella era una «damnificada de la vida». Su falta de vivienda no era a causa de la Tragedia, sino que había sido víctima de una estafa. Había comprado un rancho en La Vega «con todos los papeles en regla» y había vivido allí diez años, hasta que un día recibió una notificación de un juez anunciándole que la vivienda pertenecía a alguien. La venta había sido ilegal, habían sido víctimas de una estafa. Todos sus bienes y los de su familia –su padre, de 86 años, y su hija– fueron echados a la calle por agentes de la Guardia Nacional que acompañaban al juez encargado de ejecutar la orden de desalojo. Su padre murió al poco tiempo, «de tristeza», me decía.

Cuando se quedó sin casa, la señora Rosa fue a «Miraflores»<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-91" id="ref-91">91</a></sup> y «habló con un teniente-coronel que le consiguió una habitación en el refugio Aquiles Nazoa». En la dirección de Atención al Ciudadano del Palacio de Miraflores también le recomendaron una abogada que hizo un expediente con su caso, le pidió una suma adelantada y le dejó una dirección y un teléfono para llamarla. Cuando la señora Rosa la buscó al poco tiempo, se dio cuenta de que la habían estafado de nuevo porque ni la dirección ni el teléfono eran verdaderos. Lo que más lamentaba era haber perdido todos los papeles del expediente del «rancho». «Yo lo que quisiera es poder ir a Miraflores a contarle mi historia al presidente Chávez». Sólo el hecho de imaginarse que Chávez conociera su situación la aliviaba.

Después de reflexionar sobre sus miserias, la señora Rosa contaba con entusiasmo que ella había ido a la avenida Baralt el 11 de abril (el confuso escenario de los enfrentamientos violentos entre los partidarios del gobierno, la policía metropolitana y la manifestación opositora<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-91" id="ref-91">91</a></sup>) y que también había estado en las rejas del Palacio de Miraflores el 12 de abril, para «recibir a Chávez cuando regresara»<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-92" id="ref-92">92</a></sup>.

Acto seguido se subía el pantalón para mostrarme las cicatrices que según ella le habían dejado «los perdigones de la PM en la Baralt»: Nos fuimos para allá porque nos dijeron que teníamos que ir a defender a Chávez. Él es nuestra única esperanza para que nos den la casa: ¿cómo no vamos a ir a defenderlo? Estamos seguros de que si sacan a Chávez nos sacan a nosotros de aquí también. (Entrevista con Rosa, refugio Aquiles Nazoa, Caricuao, julio de 2002).

La esperanza y la convicción política se entrecruzan en un compromiso que es, antes que nada, sentimental, de Rosa con «su» presidente. Claro que analizar las circunstancias y consecuencias del golpe del 11 de abril de 2002 sobrepasa largamente los propósitos de este trabajo. Sin embargo, el enfrentamiento entre las versiones de lo que ocurrió en esos días es uno de los pilares de la polarización, factor que, como lo dijimos al comienzo, puso esta investigación a prueba en repetidas ocasiones. Recordemos que la versión oficial de los sucesos de abril de 2002, documentada, divulgada y avalada por los medios de comunicación extranjeros simpatizantes del presidente Chávez y por los partidos políticos de izquierdas y alter-mundialistas atribuía la desobediencia del estado mayor a una conspiración organizada por el departamento de estado de los Estados Unidos que habría apoyado el breve gobierno de Pedro Carmona Estanga. Otras versiones desmienten la postura oficial. En todo caso, para poder analizar la vida cotidiana en los refugios después de abril de 2002 es preciso entender que la experiencia de esa crisis abrió las compuertas de la ansiedad política desmesurada que a partir de ese momento dominaría la relación entre damnificados e instituciones. En los refugios era particularmente patente el hecho de que la radicalización y la polarización que se inició en abril de 2002 es, antes que nada, una experiencia emotiva.

Durante el trabajo de campo que realicé en el refugio de Caricuao justo después de los sucesos de abril 2002, todos mis informantes querían contarme su experiencia particular de esos días. Las entrevistas estaban impregnadas de la ansiedad de compartir sus impresiones conmigo, de mostrarme cómo pudieron salvar el techo que los acogía y la esperanza de una nueva casa. La gestión de la atribución de las casas era, al mismo tiempo, extremadamente lenta, ineficaz y arbitraria. Un año después, la señora Rosa seguía en el refugio y había dejado la cocina para instalar un puesto de buhonería en Sabana Grande. Al reencontrarnos, me propuso acompañarla a su puesto para ver su mercancía. Casi no hablamos de la casa, ni de política.

Cuando volví en 2004, ya no estaba en el refugio.

Su habitación tenía sin embargo un candado. Los pocos ocupantes que quedaban me dijeron que guardaba allí su mercancía.

El refugio estaba prácticamente vacío cuando efectué esa última visita en 2004. Sólo quedaban Yajaira con sus tres niños. Ella continuaba con su pareja, Milton, quienes me contaron cómo un día el señor Rodríguez entró en crisis de nervios porque la situación del refugio se le fue de las manos y perdió toda su autoridad. «Se volvió loco, o mejor dicho, lo volvimos loco», me decían entre risas. Yajaira y Milton estaban en las últimas negociaciones con Fondur para dquirir un rancho en el barrio El Onoto.

En el FUS nos hicieron otra proposición a los que nos quedamos. Ya yo encontré el rancho que queremos comprar y llevé los papeles. Supuestamente ya el cheque está listo. Pero el problema es que Fondur no quiere que nosotros escojamos nuestra propia vivienda. Porque además dicen que nosotros lo que hacemos es un negocio. Tú sabes que mucha gente vendió la vivienda. Y aquí estamos todos pagando por los que vendieron las casas que les dieron gratis. (Entrevista con Yajaira y Milton, refugio de Caricuao, 15 de julio de 2004).

Me llamó la atención en esa ocasión la actitud pausada con que Yajaira y Milton me contaban la manera en que llevaban a cabo sus negociaciones con el FUS y Fondur. En las noches asistían con los niños a los cursos de la Misión Ribas y Milton trabajaba esporádicamente en un taller mecánico en la redoma de Ruiz Pineda.

La táctica de esta pareja era la espera, la insistencia ante las instituciones sin posturas radicales, sin actos extremos. Tenían un techo donde esperar y sabían que estar en buenos términos con las instituciones podría aumentar sus oportunidades de obtener la vivienda que querían. Ya el refugio